domingo, 15 de junio de 2014

Mi madre es la culpable de mi amor por las telas


Estoy convencida de que mi afición a las telas, alfombras e incluso a los hilos viene de la locura de mi madre por las telas. Lleva toda la vida acumulando telas bonitas. Muchas veces no hace nada con ellas, las deja para un proyecto futuro, pero sigue sin resistir la tentación de comprarlas. Recuerdo que cuando yo era jovencita todavía existían tiendas donde comprar telas de buena calidad, con coloridos y diseños interesantes, a precios no astronómicos. Era muy divertido elegirlas, el placer de seleccionar el mejor tacto, el brillo justo de una seda o la pizca de mohair en las lanillas. También el ambiente de las tiendas, con los grandes mostradores de madera y profesionales que conocían muy bien su oficio, y te dejaban pensar y tomar tus decisiones con calma. Supongo que de ahí nace mi amor por los tejidos y que sea ese el tema elegido el día que decidí dedicarme a escribir.


Diga lo que diga mi marido, yo era rubita

Así que, las telas han estado presentes desde mi infancia. Antes era mi madre quien cosía, ahora hago yo mis pequeños pinitos con la aguja. Aunque no todas las telas eran buenas. También recuerdo telas odiosas: la de la falda de tablitas azul marino del uniforme del colegio de monjas. Afortunadamente, solo tuve que llevarla un año, pero todas las mañanas hacía una escenita, enfurruñada en el butacón de la sala porque no quería ponerme esa falda de tela gruesa, tiesa y que picaba. También tenía un traje fantástico, que me daba una rabia tremenda. Era normal que mi madre se empeñara en ponérmelo: era un traje de chaqueta pantalón, con pata ancha y grandes solapas, en mezclilla verde y negra. Desde el punto de vista de una mamá, inmejorable, pero picaba y daba un calor horrible, además no había quién se moviera dentro de esa tela gruesa.

La pequeñita es mi hermana Marta

LA tela. Lástima que no se ve bien

Por supuesto, hay recuerdos de buenas telas. Mi madre tenía un vestido de la más fabulosa que jamás haya visto: lanilla con un poco de pelo, de fondo gris y flores moradas y malva, creo que se lo hizo para el embarazo de mi hermana Marta. Otro vestido de tela pluscuamperfecta era el que me pusieron en la boda de mi tía Charo. Había sido de ella, me encantaba cómo vestía y por eso me hacía más ilusión llevarlo. También era una lana fría, fina y suave, de fondo crema y estampado de estilo hindú, con elefantes en color rosa palo. Caigo en la cuenta de que es normal que mis telas favoritas sean ese tipo de lanillas, pero hoy resulta muy difícil encontrarlas en la confección normal. Así que, deberé seguir con la chaladura de buscar telas ideales, igual que mi madre.


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